La moda se islamiza (La Vanguardia, 21 septembre 2016)

« Las grandes marcas se lanzan a la llamada ‘moda púdica’, que mueve ya un negocio de 202.000 millones

El escamoteo del ángel Gabriel, que reemplazó al hijo que Abraham iba a degollar por un cordero, es la clave del Aid el Kebir, la fiesta musulmana del lunes pasado. Las musulmanas deben vestir las mejores galas, de preferencia nuevas. En Europa, como en medio mundo, compraronabayas. Una túnica que cuesta entre 25 y 700 euros. O varios miles si los bordados de oro y piedras preciosas señalan que también en el ritual hay clases. Y clientes para la moda cara.

Los centros comerciales de Dubái, tan gigantescos como la fortuna de sus clientes, se convirtieron en laboratorio. Una escuela de moda francesa. Signo elocuente: el inoxidable Karl Lagerfeld presentó allí la colección Crucero Chanel 2014-2015. Benoît Hellbrunn, profesor de marketing, enseña que “antes las marcas difundían los mismos productos en todo el mundo. Ahora se impuso la glocalización –global y localizado–, porque la moda se adapta a las especificidades locales y culturales”.

Cultuales también. De los hiyabs –velos– de Uniqlo, el Zara de Japón, a la colección Abaya de Dolce & Gabanna. O a los burkinis que Marks & Spencer vende en Londres desde que hace diez años Aheda Zanetti, australiana de origen libanés, lo inventó para “que ninguna mujer sea privada de hacer deporte, como me ocurrió a mí, a causa de las restricciones que impone el pudor”.

En mayo siguiente NET-A-PORTER, que vende lujo en internet, proponía su colección Ramadán, un mes antes de que Mango anunciara, casi al mismo tiempo que Uniqlo, una línea especial para el mundo islámico.

Los japoneses contrataron para su nueva línea a la estilista y bloguera Hana Tajima, musulmana y anglojaponesa. Por su parte, Mango montó un departamento de diseño que debutó con las colecciones especiales Ramadán, pendiente de las reacciones y tendencias de Tailandia, Malasia, Indonesia, Filipinas y Singapur, sin descuidar las comunidades de Londres o Nueva York.

Y si bien H&M no creó colección específica, en septiembre del 2015 la musa de su campaña Close the Loop fue la inglesa Mariah Idrissi, musulmana y velada, con gafas de sol.

Miel sobre hojuelas –expresión que suena a pasteles orientales– para las firmas occidentales. Porque como sucedía en el cine español bajo el franquismo, las mujeres musulmanas permiten una doble versión. Las abayas ocultan ropa etiquetada Chanel. Y debajo, aún, lencería de marca.

En la Francia sumisa de Michel Houllebecq, la no creyente viste a la moda en la calle. Pero al llegar a casa, calza ropa deportiva mientras que la musulmana, cubierta de la cabeza a los pies en la vía pública, exhibe en el interior lencería de diseño.

Ninguna firma comete el desliz de mencionar la palabra islam. Pero las alusiones a “valores tradicionales”, “vestuario modesto”, son transparentes. Tampoco hay en Francia (¿todavía?) un departamento de ropa islámica en los grandes almacenes.

Pero “se ha desarrollado un espíritu empresarial musulmán y femenino”, según la periodista Faïza Serouala, autora en el 2015 del libro Des voix derrière le voile (Voces detrás del velo). Serouala conoce sitios internet como Autour du hijab (En torno al hiyab), Inès à Paris, HijabGlam. O blogs denominados musulmanes hípster o hiyabistas, cuyos vídeos hacen circular en Youtube consejos de maquillaje. Y ropa islámica con toque occidental.

Claro que si se toma como signo el fenómeno de la comida halal (lo que es lícito, por oposición a haram, impuro), que gracias a su formidable crecimiento (un 20% desde el 2013) y a un volumen de negocio anual de más de 5.500 millones de euros, se abrió espacios propios en los supermercados galos, es posible que más pronto que tarde las reticencias comerciales sean cubiertas por un tupido velo.

No sin polémica. En septiembre del 2015 la exdiputada socialista Céline Pina denunció un Salón de la mujer musulmana, celebrado en Pontoise, a 35 kilómetros de París: “Recetas de cocina y consejos para vestirse puntuados por predicadores salafistas que recomendaban la sumisión”.

En abril, al mismo tiempo que Pina publicaba Silence coupable (Silencio culpable) –“En los alrededores de París los políticos han abandonado y prefieren negar la realidad del avance del integrismo”–, la ministra de la Familia, la Infancia y los Derechos de la Mujer, Laurence Rossignol, provocaba un escándalo al comparar a las mujeres que se cubren voluntariamente con “los negros americanos que defendían la esclavitud”.

El escándalo creó –como siempre en Francia– dos facciones. La senadora y socióloga Esther Benbassa, feminista, catedrática en la Sorbona, de confesión judía, respondió a su correligionaria Elisabeth Badinter, que incitaba a no temer el calificativo de islamófoba, preguntándole si “diría lo mismo del término antisemita”.

Según Benbassa, “el velo no es más alienante que la minifalda”; “el modelo comercial impuesto a la mujer es inaccesible para casi todas nosotras”. Y preguntaba si “no están alienadas por sus cuerpos las mujeres que sacrifican su salud a dietas peligrosas, se condenan a la anorexia o viven frustradas”. […] »

 

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